El examen de nuestro nivel de fe

El examen de nuestro nivel de fe

Dr. Peter Masters

Es una gran catástrofe cuando los verdaderos creyentes tienen poca fe, porque la fe es central y crucial en la vida espiritual, y es la clave para probar que el Señor es fiel a su Palabra (ya sea recibiendo respuesta a nuestras oraciones o incluso en disciplina). Este artículo no trata sobre la fe que salva, sino sobre la fe diaria, la cual es esencial para obtener respuesta a nuestras oraciones y para tener también un servicio efectivo, estabilidad espiritual y comunión real con Cristo.

Qué lamentable situación cuando nuestra fe debe ser descrita por nuestro Salvador como “poca fe”; es decir, una confianza en Él débil, marchita y diminuta.      

Una vez que somos salvos no podemos perder nuestra salvación; pero con certeza perderemos el gozo pleno y el poder de la salvación si nuestra fe se ha atrofiado por no haber sido ejercitada. El término del Señor “poca fe” debería inquietarnos y llevarnos a comprobar el estado de nuestro “sistema de fe”, es decir, la viveza de nuestra confianza. El Señor no hizo muchos milagros (o maravillas) en Capernaum debido a la falta de fe entre la gente, ¿cómo van a ser bendecidas nuestras vidas con instrumentalidad, entendimiento espiritual y gozo en el Señor si carecemos de una fe activa y viva?

En muchos pasajes de las Escrituras se nos muestra que la fe es vital para que el Señor nos bendiga, como en Mateo 9:22, donde leemos esas palabras familiares del Señor: “Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”.

Unos versículos después le oímos decir: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”, y otra vez, en Lucas 7:50, dice a otra mujer: “Tu fe te ha salvado”.

De igual manera, al ciego que estaba mendigando en Lucas 18:42, Cristo dice: “tu fe te ha salvado”, enfatizando repeti­damente la necesidad de una fe activa para asegurar la bendición.

Qué gran bendición es tener la fe que se ve en Mateo 15:28: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora”.

¿Cómo definimos una fe diaria? Tener una fe diaria significa estar completamente persuadido y convencido de la realidad del carácter y la existencia de Dios, y de la infalibilidad de todos sus actos, palabras y promesas, de tal forma que le confiamos totalmente nuestras vidas y nuestros asuntos. Siempre hay cierta cantidad de fe en los creyentes, y por esta razón muy fácilmente creemos que nuestra fe es saludable. Incluso un creyente frío y recayendo un tanto en pecado dará respuestas correctas a preguntas doctrinales y mostrará así que la fe teórica está viva y bien y, sin embargo, la fe activa puede estar en un muy mal estado. Tal persona no estará viviendo como si realmente creyera las cosas que afirma. Puede ocurrir, por ejemplo, que cuando esté sumergida en una crisis, calamidad o problema, se colapse, se deje llevar por el pánico y esté totalmente desalentada, no haciendo ningún intento de orar seriamente y traer el asunto ante Dios. Este es un ejemplo obvio y común de cómo alguien puede creer intelectualmente y aun así perder toda aplicación práctica de la fe en los asuntos de la vida.

Si cuando tenemos una prueba no seguimos los pasos que la Biblia prescribe, esto se debe a que nuestra fe ha perdido su ímpetu, lo cual ocurre tanto a pastores como a cualquier cristiano. Incluso cre­yentes establecidos y fieles pueden experimentar, a causa del pecado o por negli­gencia, una pérdida dramática de su fe activa. La fe es bastante parecida a los músculos del cuerpo, siempre ahí, pero a menudo en malas condiciones porque no se hace nada para preservar una buena condición física. En la vida podemos llegar a convertirnos en personas sedentarias, perdiendo la energía y resistencia que necesitamos para enfrentar exigencias adicionales. Si no se ejercita, la fe también se agota rápidamente de manera que el diablo puede vencernos con gran facilidad.

La analogía entre la fe y el estar en forma es aún más aplicable a cristianos maduros que a cristianos jóvenes en la fe. Un cristiano joven e inexperto puede poseer una fe más vivaz que un creyente experimentado, de igual manera que la gente joven puede gozar de una condición física mejor que la de las personas mayores, ya que poseen una resistencia y elasticidad que ya ha abandonado a aquellos solo unos años mayores que ellos. Del mismo modo, a medida que la vida cristiana continúa, los músculos de la fe pueden debilitarse y hacer que la gente sea mucho más vulnerable a tener dudas y a ser cínica, mientras que el creyente joven en la fe puede estar todavía tan cerca de la conversión como para confiar en el Señor en cualquier situación. Por tanto, es vital que conforme crece­mos en la fe nos ocupemos de ejercitarla y cultivarla.

La fe no es un poder ejecutivo

En este momento se debe enfatizar que la Biblia no dice que la fe tenga un poder ejecutivo. Esta es la clase de fe que la mayoría de los carismáticos profesan cuando dicen que si queremos ser curados, entonces debemos llevar a cabo la “oración de fe”, lo que significa que debemos orar con absoluta certeza y confianza y, entonces, seremos sanados. Ellos enseñan que si la fe tiene la calidad y fuerza adecuadas, entonces posee prácticamente poder ejecutivo para invocar el poder de Dios. Algunos de los que enseñan las doctrinas carismáticas van tan lejos como para decir a la gente que imagine o visualice la respuesta deseada, y que alabe y agradezca a Dios como si ya hubiese sido recibida. 

Esta noción de la fe es errónea porque la verdadera fe reconoce que tan solo Dios es soberano, y sabe su voluntad sabia y propósito para cada uno de sus hijos. Cuando oramos por una bendición como la de ser curados, Dios responderá conforme a su sabiduría maravillosa y plan perfecto para nosotros, y tal vez no sea lo que esperamos. Sabemos que Dios está dispuesto a escuchar los ruegos de su pueblo porque así lo ha dicho Él; pero a menudo ocurre que nuestros deseos no van de acuerdo con su propósito soberano, y que Él tiene un camino mejor, por tanto no es correcto que el creyente desarrolle una certeza emocional artificial sobre el resultado de una situación como si pudiera dominar a Dios* [Véase nota a pie de página].

La verdadera oración de fe equivale a lo siguiente: rogamos a Dios (pidiendo cosas legítimas) totalmente persuadidos de que si Dios elige que estas cosas ocurran entonces no tendrá ninguna dificultad en que así sea. La oración de fe cree que el Señor tiene todo el poder necesario y que está listo para escuchar los clamores de su pueblo. La oración de fe también acepta que prevalezca la sabiduría soberana y maravillosa de Dios. Una fe bíblica genuina es una certeza firme de que cualquier cosa que el Señor haga será perfecta, sin importar cómo resuelva la situación.

Dios ama la fe en su pueblo porque sirve para muchas cosas. La fe glorifica a Dios, pues enfoca nuestras mentes en su poder y también aprecia a Dios, ya que mantiene fijos nuestros ojos en su amabilidad, bondad y promesas. La fe expresa dependencia, admiración y una aceptación humilde y sin reservas de la voluntad de Dios, de forma que hace que suprimamos el orgullo humano y que oremos constantemente por todas nuestras bendiciones. La fe es la convicción absoluta de que en todas las circunstancias necesitamos la sonrisa y bendición de Dios o fallaremos en todo objetivo espiritual. De esta manera la fe ve y comprende la realidad, puesto que cuando estamos llenos de fe vemos cuán pequeños, necesitados e insuficientes somos, y respetamos y sentimos nuestra necesidad del poder de Dios.

Cuando la fe se agota

La pérdida de fe es el camino certero al desastre espiritual tal como puede verse en las palabras del Señor a Pedro que se encuentran en Lucas 22:31-32: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte”.

Satanás tiene el mismo objetivo para todos nosotros y se afana para llevarnos al punto donde pueda hacer cualquier cosa que quiera con nosotros. En el caso de Pedro, el tentador atacó su fe hasta que ya no creyó que el Señor pudiera liberarlo, y entonces llegó el momento vergonzoso en que negó al Señor. La fe está siempre bajo el ataque del diablo, el cual quiere hacer que nos confiemos, que nos sintamos independientes y que no estemos orando, de manera que ya no pongamos primero las cuestiones espirituales en nuestras vidas. El diablo tiene como objetivo impedir que probemos al Señor y hacer que temamos representarle ante el mundo. Si Satanás consigue que nuestra fe decline, puede tener éxito en estos objetivos.

Trágicamente, cuando la fe declina, usualmente no nos damos cuenta de cómo han empeorado las cosas. Pedro dijo: “Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte”; pero el Señor sabía que su fe estaba en mal estado y a punto de fallar.

A veces podemos pensar que no hemos sufrido grandes ataques de Satanás por algún tiempo, ya que no hemos sido tentados a dudar de la fe o a cuestionar nuestra salvación, o a cometer un gran pecado; pero si nos examináramos honestamente podríamos darnos cuenta de que la oración ferviente ha disminuido y que la satisfacción proveniente de las cosas terrenales ha aumentado. Si el diablo permanece callado en las cuestiones más prominentes, podemos estar seguros de que está minando el ejercicio constante y activo de la fe, porque eso es lo que nunca deja de atacar.

Las palabras que Cristo le dice a Pedro nos enseñan que los sentimientos pueden engañarnos enormemente, pues Pedro se sentía espiritualmente fuerte y optimista, a tal grado que estaba seguro de que resistiría incluso hasta el martirio. Sus sentimientos eran cálidos y fervientes; pero cuando vino la prueba, su fe se colapsó rápidamente.

A veces ocurre lo contrario con nosotros: debido a que nuestros sentimientos simplemente no funcionan como deberían y nos sentimos espiritualmente fríos, la adoración y la oración se convierten en una lucha. Debido a esa frialdad, tememos haber recaído en pecado; pero aunque nuestros sentimientos hayan fallado, la fe puede estar fuerte. Los grandes sentimientos acompañados de una fe débil nos defraudarán, tal como pasó con Pedro; pero los sentimientos débiles acompañados de una fe fuerte saldrán triunfantes. Desde luego que es mejor tener ambos; pero si alguna vez tenemos que elegir uno solo durante algún tiempo, escojamos tener una fe fuerte porque la fe es lo más importante.

Midiendo la fe

            El estado o condición de nuestra fe puede ser medida bastante bien mediante una serie de preguntas, la primera de las cuales es: ¿cuánto oramos privadamente? Si dedicamos poco tiempo a orar en privado esto es una indicación segura de que nuestra fe activa está débil porque evidentemente no vemos mucho propósito en la oración. La oración ha dejado de ser importante porque hemos perdido toda apreciación profunda del poder y la bondad de Dios; hemos perdido de vista que Dios nos cuida, y ya no creemos que pueda hacer grandes cosas por nosotros. Puede ser que intelectualmente estemos totalmente persuadidos de la fe, pero que a un nivel práctico ya no estemos fuertemente convencidos sobre estas cosas. Si lo estuviéramos, estaríamos muy preocupados por el hecho de que ayer no oramos; pero no lo estamos, por lo que permitiremos que la oración de hoy decaiga también.

No sentimos ningún temor, ni inseguridad y tampoco una sensación de fracaso inminente o de castigo por parte del Señor, porque ya no creemos que Dios se ofenda por nuestra frialdad y autosuficiencia. No sentimos que necesitamos tomar en serio las advertencias bíblicas sobre la falta de oración. Ya no estamos profundamente convencidos y persuadidos sobre tales realidades espirituales, lo cual indica que nuestra fe está menguando hasta casi desaparecer.

Una segunda  manera para  probar y determinar el estado de nuestra fe es preguntarnos  qué es lo primero que hacemos cuando sobreviene un problema. ¿Cómo reaccionamos si estamos bajo una prueba o en dificultades o cuando tenemos dolor? ¿A dónde acudimos para obtener alivio? Si nuestra reacción inmediata es quedar destrozados, perder los estribos, o arremeter de alguna manera con pensamientos hostiles y amargos o con palabras contra lo que ima­ginamos es la causa de nuestras aflicciones (o contra aquellos que tienen la desgracia de estar alrededor nuestro) entonces las señales son malas. O si huimos de la situación y enfrascamos nuestra mente en algún entretenimiento mundano, entonces la fe activa está claramente en mal estado. Si nuestra reacción ante algún problema es todo menos orar y confiar en las promesas y en el cuidado providencial del Señor, esto muestra que nuestra fe se ha atrofiado y por ende está en muy malas condiciones.

Una tercera prueba para revisar la calidad de nuestra fe examina la naturaleza o carácter de nuestras oraciones y pregunta: ¿cómo son nuestras oraciones? ¿Es la oración de hoy igual a la de ayer, y a la de la semana pasada e incluso a la del mes pasado? Si nuestras oraciones son casi siempre las mismas, mecánicas y formales en carácter, entonces esto es una indicación triste pero segura que nuestra fe es pequeña y está en mal estado. De hecho, eso indica que en este momento no estamos convencidos de la ayuda de Dios en todas nuestras circunstancias. Ya no estamos persuadidos de que la oración sea esencial antes de que la obra de nuestra iglesia pueda ser bendecida, o de que tengamos el deber de interceder por otros. Debido a que ya no estamos totalmente persuadidos sobre estas cosas, no nos tomamos la molestia de traer cada día ante el Señor asuntos nuevos, diferentes y que necesitamos enormemente. Nuestro vigor y diversidad en la oración se han evaporado porque muy en el fondo ya no estamos seguros de que la oración hace una gran diferencia.

Una cuarta pregunta que está relacionada con este asunto nos lleva a preguntarnos cuánto apoyamos el servicio del Señor con nuestras oraciones, ya que nuestra respuesta revelará, una vez más, si realmente pensamos que la oración vale la pena. Si tuviéramos una fe fuerte y estuviéramos seguros de que la oración mueve al Espíritu para que derrita corazones y regenere almas, entonces nunca abandonaríamos nuestras súplicas a Dios. El problema nunca es que nos falte tiempo para orar, sino que nos falta estar persuadidos o convencidos de que la oración es esencial, agradable a Dios, e instrumental para obtener la bendición.

Una quinta pregunta de prueba, que es muy útil, es inquirir si todavía disfrutamos de las cosas de Dios y obtenemos gran deleite al leer la Palabra, al estar al servicio del Evangelio y en probar que el Señor es fiel a su Palabra. Una señal segura de que tenemos un bajo nivel de fe es si nos regocijamos poco en las cosas espirituales, puesto que cuando estamos convencidos acerca de las maravillosas cosas de Dios no podemos evitar estar gozosos y emocionados por las mismas. En Filipenses 1:25 Pablo dice: “Sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe”.

Aquí la fe activa está siendo relacionada con el progreso y gozo en nuestro caminar cristiano, pues trae un deleite espiritual extraordinario. Así que, ¿cuán reducida está nuestra fe? ¿Con cuánta urgencia necesita ser reparada y revitalizada? Si las preguntas de prueba que aquí han sido sugeridas nos llevan al desánimo, el siguiente capítulo propone medidas correctivos para la reconstrucción de la fe.

 

Nota

*Los que enseñan las doctrinas carismáticas recurren a Marcos 11:22-24 para apoyar su definición de la “oración de fe”; pero las palabras de nuestro Señor deben ser interpretadas a la luz de pasajes como Marcos 14:36 y Santiago 4:15.

La Biblia no puede contradecirse a si misma, y estos pasajes nos llaman a reconocer y a aceptar la sabiduría superior de Dios y su voluntad en todas las cosas. Marcos 11:22-24 es ante todo una instrucción para los discípulos como futuros apóstoles. Estos frecuentemente recibían una orientación especial del Espíritu para sanar a alguien o para llevar a cabo alguna otra señal, y bajo estas circunstancias inconfundibles debían orar y actuar con plena certeza de fe.

En nuestro caso, sin embargo, la certeza de fe se aplica siempre que oremos por aquellas cosas que Dios incondicionalmente promete a su pueblo, tal como perdón por la sangre de Cristo, ayuda de Dios en la lucha contra el pecado, habilidad para testificar y gracia para soportar persecución y prueba.

Sin embargo, para cuestiones que no son prometidas específica e incondicionalmente, como la sanación, oramos sujetos a la voluntad de Dios (la cual nos es desconocida), como Santiago 4:15 lo prescribe.